Me crié en el seno de una familia acomodada, de la zona alta de la ciudad.Hasta donde puedo recordar de mi niñez, nunca me faltó ningún capricho. Todos los juguetes que pedía a los Reyes Magos , a mis padres y demás familiares enseguida los conseguía y los tenía en mis manos a los pocos días. De niña iba por la calle acompañada de chica de servicio y ella me compraba todas las chucherias que encontraba a mi paso. Cuando ya fui más mayor, disponía de más dinero de bolsillo del que podía gastar y compraba todo lo que me apetecía sin límite.
Sin embargo cuanto más compraba más vacía me sentía, el acto de adquirir cosas, objetos, ropa , etc. en lugar de alegrarme solo me producía cada vez más tristeza.
Fué en esos primeros años de la adolescencia, cuando lo descubrí, nunca he sabido de donde me viene esta obsesión que coincidió con mi pubertad.
Al mismo tiempo que mis senos crecían y empecé a tener la regla, se disparó en mí ese instinto nuevo y agradablemente morboso que se manifestaba como un cosquilleo en mis entrañas imposible de reprimir.
Recuerdo el principio de esos ya lejanos años, aquella sensación deliciosa de peligro y de vergüenza que era tan adictiva y lo sigue siendo hoy.
Cómo podía ser que alguien como yo que lo tenía todo, me dedicara a robar en las tiendas. Empecé con pequeños hurtos, cosas sencillas y fáciles de esconder, en tiendas que ya me conocían de hacía tiempo y que nunca sospechaban de mi.
Cuando ibamos en grupos de amigas también robaba con mucho disimulo. Una vez un tendero casi me pilla, encontró en falta una pulsera del expositor y yo no dudé en acusar a una de mis amigas que ya había salido de la tienda momentos antes.
La obsesión y el vicio siguieron adelante cada vez con más fuerza. me atreví con tiendas más grandes, dotadas de seguridad elctrónica, guardias, etc. Lejos de amedentrarme, crecían en mí las ganas de robar en ellas , era como un deseo irrefrenable, primitivo y con fuertes sensaciones de satisfacción sexual.
Entraba en las tiendas muy disfrazada para ocultarme, quería convertirme en otra mujer.
La que roba compulsivamente y sin sentido solo por el morbo del peligro y la vergüenza de ser sorprendida.
En tantos años de esas practicas, me han pillado en varias ocasiones. Las primeras veces el vértigo era tan fuerte que casi me desmayaba. Por suerte nunca me denunciaron y volvía a casa con una fuerte sensación de vergüenza y placer al mismo tiempo.
Ultimamente voy a centros comerciales y grandes superfícies. Me llevo el objeto robado a un probador de la sección de moda o a un lavabo y allí con la pieza en mi mano, me masturbo fuertemente. Después el miedo me hace devolverlo a su lugar, otras veces cuando tengo más ánimo salgo con el objeto robado sorteando antenas de control y guardias de seguridad.
He descubierto que mi placer máximo es ser descubierta, humillada, vejada, cacheada por unas manos que me tocan y oprimen sin ningún miramiento y sentir como caen sobre mí las miradas de desprecio de los empleados y de los de seguridad que me llenan de vergüenza.

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