Soy un chaval de 27 años. Tengo pareja desde hace cuatro y es una relación muy sólida, rica y gratificante. Quiero a mi novia, posiblemente sea la mujer con la que intentaré pasar el resto de mi vida.

Hace unos meses le fui infiel, por primera vez. No fue algo premeditado, al contrario, ocurrió de una manera espontánea, también para la otra chica, que al mismo tiempo también le era infiel a su novio por primera vez. Tras tener sexo, ambos nos sentimos culpables, sentíamos haber traicionado a nuestras parejas y a nosotros mismos. De una manera muy “sana”, lo hablamos, nos intentamos calmar y acordamos que no saldría de ahí. A día de hoy tengo casi la certeza de que el secreto no será revelado, cosa que me alivia sobremanera, p0r supuesto.
Mi novia no lo sabrá por mi parte, pese a que a veces siento la tentación de sincerarme. Le haría muchísimo daño -es opuesta a la idea de y apostaría a que es coherente- y supondría, por otro lado, el fin de la relación.
La chica con la que fui infiel acabó su relación. No se si le contó a su pareja lo ocurrido o símplemente fue el denotante para darla por finalizada. No he vuelto a tener el más mínimo contacto con ella aunque aún mantengo esa mínima duda y me veo tentado a resolverla pero temo que, de alguna manera se pueda enterar mi pareja.
Tan sólo me he confesado con mi mejor amigo. No quiero evidenciar este fracaso -para mí lo es, del compromiso hacia ella- ni quiero extender una mala imagen de mi.

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Los días posteriores a la infidelidad, que coincidía con un viaje de mi pareja, reflexioné mucho sobre ello: No soy creyente y me considero una persona bastante crítica y reflexiva. A pesar de eso o por eso -no lo se- albergo en mi seno una profunda impronta moral, al modo, por poner un ejemplo, en el que Kundera narraba en “la insoportable levedad del ser”. He procurado relativizar esta situación. Buscarle la parte más animal del asunto. Tras escarbarme no he encontrado motivos para relacionarlo con una tara afectiva en mi relación aunque los cuernos se hayan producido durante un periodo de crisis.
Más bien creo que tiene que ver con un doble motivo, que se solapa: Por un lado, aunque nunca haya sido especialmente ligón, tengo una gran atracción por las mujeres, por “conquistarlas”. Y oscilo más hacia el lado del hedonismo bien entendido que hacia el estoicismo, aunque tenga parte de ambas. Por otro lado, nunca he sentido un fuerte atractivo sexual hacia mi pareja. Es bastante guapa y tenemos una vida sexual no-deficiente, por momentos buena. Pero sus kilos de más y el hecho de que yo lleve la voz cantante en la cama no sacian mi pasión. Aunque, sinceramente, creo que no cambiaría la situación aunque ella fuese una top-model y una loba.

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Tras el paso de unos meses, he ido arrinconando el tema en mi cabeza al mismo tiempo que lo voy aceptando, normalizando. De vez en cuando tengo algún conato de culpabilidad pero procuro recordarme lo que siempre he pensado sobre ello: que es un deseo innato a casi todas las personas, que no supone no querer o no poder continuar la relación con la pareja y que errar es de humanos. Argumentos que, por otra parte, mi novia sabe perfectamente aunque no los acepte.

El problema se plantea más bien en la posibilidad de que vuelva a ocurrir. Cosa que me preocupa tanto por el riesgo a descubrirse como por poder destruir mi relación. Algunas de las conclusiones que saqué tras la infidelidad es que “ojos que no ven, corazón que no siente”. Que siempre que fuese con total discreción y surgiendo de una manera muy esporádica y lo más desplanificada posible, era una incongruencia que debía asumir. Y me siento tentado a ello.

No se si será mi sino, compartido creo que con millones de españoles, o seré capaz de reprimir esa arista de mi vida.

Gracias por la atención. Me siento más ligero.