Primero de todo, agradecer la posibilidad de escribir aquí, no siempre es fácil desahogarse, y no siempre tiene una con quien hacerlo.
Mi historia es sencilla. Estudié derecho, quemé mis cejas sacándome oposiciones, quedé reventada y me tocó plaza en una ciudad de la meseta. Ahí me casé con un hombre triste. Tenemos dos hijos. Luego me trasladaron a un juzgado más importante, en XXXXXXXXX. Llevo siete años aquí.
Desde hace dos, buscando re-animar mi vidilla íntima con mi marido, empecé a explorar por internet, me metí en foros, en páginas guarras. Me gustaba. Un día fui con mi marido a curiosear a un local de sado. Me encantó. A mi marido no. Él no quiso volver. Yo sí. Y ahora voy sola.
Aprovecho las noches en que tengo guardia para ir. Me cambio en el local, me ciño el cuero, me pongo un antifaz, me paseo por las mazmorras y arreo de lo lindo a quien se preste a ser mi esclavo. He de llevar el móvil siempre conmigo por si hubiera una urgencia (estoy de guardia). Una vez me encontré a un fiscal. Yo llevaba máscara, a él le habían crucificado y ahí, desnudito, le habían dejado a la buena de dios; le reconocí enseguda; no hablé, pero me insinué. Me pidió caña. Se la di. Le fustigué con saña. No me reconoció. Le gustó. A mí también; estaba mojadísima. Y volví a mojarme dos días después, viéndole entrar a la sala de audiencias, al mismo fiscal canijo al que había azotado, pero con la toga y la corbata y la gomina.
Es de lo más fuerte que he vivido.
Nadie sabe, en la mazmorra, a qué me dedico para ganarme el sueldo; nadie sabe, tampoco mi marido, que me va el vestirme de cuero y que me pone fustigar a hombres atados o esposados.
Dejo mi ropa de dómina en la mazmorra, me visto y vuelvo a mi vida en colores. Pero siempre llevo conmigo el recuerdo en la intimidad de mi vida en blanco y negro con moratones que, algunas noches, me regala la vida.
Y no le doy más vueltas: me hace feliz. Ser juez es oficio muy duro; ser dómina es alivio sin igual de mis pesares.

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