Desde hacía mucho tiempo tonteaba mucho con un perfil de twitter. Era uno de estos perfiles en los que no aparecen nombres, fotos o información personal.  A tanto llegó el tonteo que nos agregamos a facebook y pudimos saber más el uno del otro, aunque nunca mediante preguntas, sino de una forma más indirecta.

Y un día, de repente, me dice: “Voy a estar este fin de semana en tu ciudad por motivos de trabajo, ¿comemos juntos? En ese momento deseé que me tragara la tierra. Después de mucho tonteo y mensajes bastante subidos de tono, no iba a negarme.

Una chica normal de 19 años con su buen cuerpo y su inexistente celulitis estaba esperando a un hombre que rozaba los 40 con los dedos, incluso dudaba de si sería capaz de reconocerle. La comida fue rodada, era un hombre muy atractivo y simpático, apenas hubo silencios incómodos en una larga comida entre dos desconocidos. Tras la comida fuimos a por unos gintonics, y a la hora de irnos me invitó caballerosamente a su hotel. Y yo, que después de caerme bien y quitarme la vergüenza de encima, no podía negar la humedad que existía en mi ropa interior, accedí.

Una vez en el hotel, tuve el mejor sexo en mis tres años de experiencia. El caballero que hizo delicias de mi cuerpo desapareció, y ahora cada vez que voy por la calle y veo a hombres atractivos que rondan los treinta y pico pienso: “A ése me lo podría llevar a la cama”. Ahora no fantaseo con hombres de mi edad, sino con hombres exitosos en su vida profesional que se acercan más a la edad de mis padres que a la mía propia.

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