Han pasado unos cinco años desde aquel día y aun puedo recordar todo lo que hice y lo que sentí. Durante el desayuno mi esposa me había confesado que el día anterior había estado en casa de su exnovio C y habían tenido sexo, siguiendo mis continuas incitaciones para que tuviera relaciones con otro hombre.

Esto me había producido emociones encontradas:  la alegría de ver cumplido un deseo largamente buscado pero también la desazón de esos primeros cuernos (aunque incitados y consentidos por mi), teniendo en cuenta además que la persona elegida por ella para tal fin era su exnovio.

Ese día M tuvo que doblar turno para recuperar la mañana anterior en la que, en vez de ir a trabajar, había ido a casa de C a tener su primera relación de casada infiel. No pudo contarme ningún detalle por falta de tiempo pero seguro que, ya en ese primer encuentro, recuperaron las sensaciones que tantas veces habían sentido juntos cuando, de novios , se entregaban al amor y al sexo. No pude evitar pensar todo el día en aquello pero hasta que M regresó a casa por la noche tuve mucho tiempo. Me dediqué a hacer cosas en la casa y esa actividad, junto con las dos pajas que me hice pensando en lo sucedido, bajaron mi ansiedad y me infundieron un nuevo sentimiento de serenidad, como si me hubiese quitado un peso de encima. Al fin cornudo, el primer paso ya estaba dado. Ahora faltaba consolidarlo:  si todo había ido bien, seguro que tendrían ganas de repetir. Y yo esperaba ir colándome poco a poco entre ellos para no tener que esperar a que ella me contara lo que habían hecho, sino más bien poder verlo todo en primera fila, el sueño de todo voyeur como yo.

Cuando llegó a casa la estaba esperando con un relajante baño de sales preparado, una copa de su vino preferido, y una cena romántica con velas que sabía le encantaría.

M (con cachondeo): Si llego a saber que esta sería la consecuencia de ponerte los cuernos, te los hubiese puesto mucho antes.

Yo: No te mereces menos cada día, siendo una mujer tan linda… y tan complaciente conmigo… a pesar de mis rarzas. Pero sabes que tienes que contarme algo…

Si esto fuese un relato pornográfico y no una confesión, os describiría con morboso detalle todo lo que ella me contó y os aseguro que os pondría muy burros y muy mojadas. Solo os dejaré unas pinceladas para que os hagáis una idea. Ella se presentó en casa de C con la excusa de devolverle unas fotos suyas de cuando eran novios, que por cierto yo no sabía que ella aun conservaba. La excusa les dio pie para hablar de aquel tiempo juntos y rememoraron ciertos momentos del pasado.

Yo:  ¿Te resultó difícil plantearle tus intenciones?

M: Yo estaba bastante nerviosa al principio pero él se percató sin que yo le dijese nada. Dice que lo notó en mis ojos, en una mirada de deseo que fue capaz de reconocer incluso 25 años después. Ya no tuve que hacer nada más. Me tomó la mano y empezó a jugar con mi alianza de casada. Le pregunté que por qué hacía eso. Y me dijo que había notado en mi mirada que lo de devolverle las fotos era una excusa, que yo estaba allí para que él me quitase por un rato esto que llevaba puesto -señaló la alianza- y algunas otras cosas que me estorbaban.

Yo: ¿Te quitaste la alianza?

M: Él me quitó la alianza y comenzó a besar mi mano con la naturalidad de los primeros años; apartó el bolso y el abrigo que yo había dejado en el sofá cerca de mi; me quitó los zapatos de tacón y acarició mis pies; siguió quitándome prendas como cuando eramos novios mientras me devoraba con sus ojos de lujuria, haciendo que me sintiese la mujer más deseada del mundo. No pude ni supe oponer resistencia, simplemente me dejé hacer, sorprendiéndome de lo fácil que fue.

Yo: ¡Cómo me hubiese gustado estar allí para veros!

M: Desnudó mi voluntad a la vez que mi cuerpo. Cada paso que daba conseguía que mis nervios cedieran y fueran dejando paso a la excitación. Me desnudó y me entregué a él  como cuando eramos veinteañeros y nos quitábamos la calentura a base de follar y follar como si no hubiese un mañana. Pero cariño, ¿de verdad te interesan todos estos detalles?

Yo: Ni lo dudes. Hasta que pueda veros, te ruego me cuentes todo con la mayor minuciosidad de que seas capaz.

M: Cuando ya me quedaba poca ropa, yo misma me tumbé sobre el sofá y comencé a abrir mis piernas con descaro. Luego me dijo que en ese instante mi mirada cambió de la de una tímida chiquilla excitada pidiendo ser abrazada con rubor, a la de una putilla golfa y viciosa pidiendo sexo sin contemplaciones. Me llevó en brazos hasta su dormitorio, terminó de desnudarme, me sentó en su cama, y se puso de pie frente a mi, con el enorme bulto de su pantalón a la altura de mi cara. Entonces sí supe lo que hacer. Mis manos se fueron derechas a liberar su polla, ese cilindro de carne tan recto y duro como yo recordaba. Mi boca babeaba de deseo y mis labios se aproximaron para lamer tan rica verga mientras comencé a masajear sus huevos.

Yo: Si yo hubiese estado delante, solo con verte mamar la polla de tu exnovio del modo que me cuentas ya hubiese tenido mi primer orgasmo. ¡Siempre te he dicho que siendo tan buena amante no puedes quedarte en exclusiva conmigo! Los demás hombres también tienen derecho a que los disfrutes y a disfrutar de tu cuerpo como Carlos, y como yo durante todos estos años.

M: El muy cabrón, mientras yo le mamaba la polla, comenzó a estimular todos mis puntos más sensibles: amasaba mis tetas, pellizcaba mis pezones, tocaba la base de mi pelo y me besaba el cuello y tras las orejas. Rozaba los labios de mi boca con los dedos de una mano mientras la otra hacía lo mismo con los labios de mi excitado y mojado coño. Introducía esos dedos en mis dos orificios a la vez, poniéndome tan tan caliente que tuve que pedirle que no me dejara así más tiempo, que me la metiera de una vez y me follara como solo él sabía follarme. Así lo hizo y cuando tuve al fin su polla dentro de mi, yo tan abierta y deseosa, grité como una perra en celo. Me folló con golpes de cadera decididos, clavándome su polla hasta el fondo de mi ser, volviendo a sentir cosas que hace mucho que no sentía. Y así seguimos por mucho mucho tiempo, explorando mutuamente cada rincón de nuestros cuerpos. No puedo decirte cuantos orgasmos tuve porque perdí la cuenta o quizás porque solo fue un único orgasmo que duró todo el tiempo (horas) que me estuvo follando.

Lo relataba tan bien que, aunque yo trataba de no masturbarme, ya no podía aguantar más. Le pedí que me dejara comerle el coño mientras me seguía narrando tan rica experiencia, y accedió a abrir su sexo para mi como el día anterior lo había abierto para su nuevo amante. Tumbada en el sofá, con sus piernas muy abiertas, dejó que mi lengua besase, lamiese y adorase ese lindo coño que aun guardaría esencias de su amante, mientras mi mano se aferró a mi polla masturbándome frenéticamente. Ella seguía contando y así tuvimos unos sensacionales orgasmos, muy por encima de la media de los habituales en nosotros.

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Al final, le agradecí a M todo lo que había hecho por complacerme, sabiendo que no todas las esposas se hubieran ofrecido a hacerlo. Me confesó que, aunque con mucha incertidumbre y miedos, todo había resultado un puro e inmenso placer para ella.

Ma: A partir de ahora, no necesitarás insistirme mucho para que folle con otros hombres. Al menos con C, estoy dispuesta a repetir siempre que él me reclame o mi deseo me lleve a sus brazos. Cuando lo hagamos unas cuantas veces más, le hablaré de que te deje estar delante. Déjame un tiempo para que yo también asimile que mi marido, aunque lo amo y es un hombre bueno, ha resultado ser un cornudo consentidor y vicioso.

Yo: Por favor, cuando estimes llegado el momento, déjale claro que solo pretendo mirar sin estorbar mucho.  Pero que ya que estoy delante, aceptaría de buen grado cuantas órdenes querráis imponerme. Se que, a cambio de dejarme satisfacer mi instinto mirón, puede ponerme condiciones muy duras como hacer cosas más o menos denigrantes (o excitantes, según se mire). Algunos amantes corneadores (o las esposas calientes con las que follan) obligan a los maridos consentidores cornudos a mostrar una sumisión absoluta a ellos.

M: Me sorprende el mundo de fantasías en el que vives y que tanto te excita. ¿Cuáles son esas cosas que dices son frecuentes exigir a los maridos cornudos?

Yo: El universo cuckold-hotwife-bull es muy rico y diverso. Entre algunas de las pruebas de sumisión más extendidas para los cornudos consentidores hay algunas que ya pueblan mis sueños y fantasías más oscuras y calientes. ¿Quién sabe si tendré que chupar la polla y los cojones de tu amante C, antes y después de follarte delante mia, quizás en nuestra propia cama? O quizás me obligue a lamer con mi lengua tu coño recién enlechado, después de follarte a pelo, sin condón, y correrse dentro de ti, mi linda esposa? Nos podría obligar a darnos un beso blanco, compartiendo en nuestras bocas el semen caliente que tú o yo hayamos extraido de sus huevos y que él habrá depositado con su polla directamente sobre nuestras lenguas. Sería más duro entregar mi culo virgen a su polla para que me lo abriera, y que luego pudiera “anal-izarme” cuando quisiese. O que te enseñara a usar strapon (unos cinturones para mujeres con un dildo sujeto al mismo) para que tú misma me pusieras a cuatro patas y taladraras mi culo sin piedad mientras él me mete su verga hasta la garganta, etc, etc.

María: Déjalo ya por hoy que me has vuelto a poner caliente. Ahora mismo me parecen absurdas e irrealizables esas cosas que dices pero, visto lo visto, es posible que el triángulo amante-puta-cornudo que acábamos de inaugurar nos lleve a nuevos territorios inexplorados del placer y la mente.

Después de aquel día llegaron tres años y medio de relaciones casi semanales entre C y mi esposa M. En algunas de ellas pude estar presente, no tantas veces como hubiese deseado. Otras veces pude observarlos de lejos como cuando debía contentarme con mirar a través de la ventana mientras lo hacían en el jardín de nuestra casa. Desgraciadamente, no todo fue placer y sueños hechos realidad. Algunas cosas salieron de modo inesperado en la dirección contraria a la pretendida. Hace más de un año que interrumpieron sus encuentros. Mi esposa notó que nuestro matrimonio estaba a punto de romperse por lo que cortó por lo sano, cosa que también tengo que agradecerle aunque mis fantasías hayan tenido que pasar de nuevo al reino de la ensoñación y el deseo oculto. Menos mal que, gracias a esta página de No sabes con quien duermes, he podido volver a sacarlas a la luz y compartirlas con vosotros, amables lectores y lectoras.