Llevaba tres años con mi pareja. Él me quería a su manera, pero entre sus depresiones, mis neuras y las carencias afectivas de ambos, yo vivía en una perpetua necesidad de algo más. Un día, trasteando en una red social, di con un chico al que había tratado brevemente años atrás. Entonces él tenía pareja y yo también, y aunnque me sentía muy atraída por él, nunca llegué a decirle nada. En aquel momento, le envié una solicitud de amistad para poder ver sus fotos y no pensé que llegase a pasar nada más.
Un par de semanas más tarde, mientras trabajaba, me sonó el móvil. No reconocí el número, pero decidí coger la llamada. Era una voz masculina que me daba las buenas tardes. Al principio no le reconocí, pero después utilizó una palabra muy característica suya, “criatura”, y en ese momento me quedé petrificada en la silla, con el pulso desbocado. Él ha recibido clases de locución, de canto y de doblaje, así que con la voz es muy bueno. Aquella llamada iinformal y desinteresada hizo que se me mojaran las braguitas, y rápidamente, por el morbo y la curiosidad, decidimos que teníamos que tomarnos una cerveza y ponernos al día.
Quedamos una semana más tarde, un sábado por la noche, después de despedirme de mi novio, que por cuestiones familiares siempre tenía que estar en casa muy pronto. Él propuso ir a su casa, yo contesté que bueno, que iba a su casa, pero que yo no era de meterme en casas de tíos así como así, que no confundiera las cosas. Él contestó ofendido que no me estaba proponiendo nada más que tomar algo. Y en efecto así fue. Aquella noche nos pusimos al día, hablamos de un montón de cosas y también mucho, muchísimo, de sexo. Puedo hablar de sexo con naturalidad, aunque de manera general. Si ya entramos en lo concreto, me da más vergüenza. Él sin embargo hablaba muy desenfadadamente, y eso me animó a participar más en la conversación. Él había tenido muchas experiencias interesantes en los últimos años, incluyendo tríos, orgías, visitas a garitos de intercambio, incluso algún papelito de figuración en películas pornográficas. Yo me había decantado más por el BDSM light, que de hecho era lo que más practicaba con mi pareja, y estaba investigando en esa dirección: cadenas, cuero, fustas, restricción de movimientos… Él también había experimentado un poco en ese campo, aunque no era de sus preferidos, y estuvimos hablando mucho sobre ello. Pero no pasamos del salón. Y aunque para mí no era lo habitual, aquel desenfado y aquel alarde de conocimientos sexuales me picaron mucho la curiosidad.

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